Crítica de Blade Runner 2049
Una secuela que casi nadie pedía y que se atreve a ser más lenta que la original. Por qué funciona, por qué fracasó en taquilla y qué hace mejor que la película de 1982.

Hacer una secuela de Blade Runner treinta y cinco años después era una idea mala en el papel: la original es una película de culto que se ganó su lugar a base de tiempo, con siete montajes distintos y una ambigüedad que se convirtió en su mayor virtud. Cualquier continuación tenía dos formas de fracasar, explicar demasiado o repetirse.
Blade Runner 2049 esquiva las dos. Y lo hace tomando la decisión más arriesgada posible: ser todavía más lenta que la original.

De qué va, sin destripar nada
K es un blade runner que trabaja retirando replicantes de modelos antiguos. En una de esas operaciones encuentra una pista que apunta a algo que, según todo lo establecido, no debería ser posible, y esa investigación le lleva a cuestionar lo que sabe de sí mismo.
La película se construye sobre esa búsqueda, y su verdadero tema no es la ciencia ficción sino la identidad prestada: qué queda de una persona cuando sus recuerdos no le pertenecen.
Lo que hace mejor que la original
Es una afirmación incómoda para los fans y sostenible en tres puntos concretos.
La coherencia del guion. La película de 1982 es una maravilla visual con una trama irregular y varios cabos sueltos, resultado de un rodaje accidentado y de un montaje impuesto. La de 2017 tiene una estructura limpia, con cada pieza colocada donde hace falta.
El personaje protagonista. Deckard es un vehículo eficaz pero opaco. K tiene un arco completo: empieza aceptando su lugar, cree encontrar una razón para ser especial y termina haciendo lo correcto precisamente cuando descubre que no lo es. Ese último giro es el corazón de la película y una de las mejores decisiones de guion del cine reciente.
La fotografía. La original creó un lenguaje visual, y esta lo expande con una ambición que no se ve casi nunca: naranjas de Las Vegas, blancos de la sala de Wallace, grises de Los Ángeles. Es una de las películas mejor fotografiadas de su década.
Lo que le falta
Y no es poco, así que conviene decirlo:
- El villano. Wallace tiene presencia pero muy poco metraje y ninguna escena a la altura del monólogo de Roy Batty. Es una idea más que un personaje.
- El ritmo en el segundo acto. Hay veinte minutos en la parte central que se podrían comprimir sin perder nada.
- La duración. Casi tres horas es mucho para una historia que, despojada de contemplación, cabría en dos.
- El tratamiento de algunos personajes femeninos, que hereda de la original más de lo que corrige.

Por qué fracasó en taquilla
Es una de esas películas cuyo resultado comercial se explica solo mirando lo que era:
- La original nunca fue un éxito. Se convirtió en película de culto en vídeo, no en cine. La base de espectadores que la secuela daba por hecha no existía.
- Casi tres horas de cine contemplativo con un presupuesto de superproducción es una combinación que la taquilla no premia.
- La campaña vendió acción y la película es un misterio lento. La expectativa equivocada perjudica más que la falta de expectativa.
Que aun así se rodara y se estrenara tal como es, sin concesiones, es el motivo por el que la película merece respeto al margen de su recaudación.
¿Hace falta ver la de 1982 antes?
Sí, y no por cortesía. La secuela da por sabidos el mundo, el oficio del blade runner, la naturaleza de los replicantes y la ambigüedad sobre Deckard. Sin eso, la película sigue siendo bella pero pierde la mitad de su carga.
Sobre qué montaje ver de la original: el Final Cut de 2007 es el que el director considera definitivo, sin narración en off y con el final ambiguo. Es el que conviene.
Conclusión
Una secuela innecesaria que resultó ser una gran película, y probablemente la más ambiciosa formalmente de su año. No es más entretenida que la original: es más redonda. Y su mejor virtud es la que menos se le reconoce, que es haber entendido que la pregunta interesante no era si Deckard es un replicante, sino qué hace que una vida cuente.
Si te interesa el cine de este director, su filmografía ordenada y sus obsesiones recurrentes dan para una tarde entera de rastreo.

El personaje de Joi y lo que la película pregunta con él
Es el elemento más discutido y el más interesante. Joi es una compañera holográfica comercial, un producto con una función clara: complacer. La película nunca aclara si lo que siente por K es real o programado, y la ambigüedad no es pereza de guion sino su tema central.
Hay una escena que resuelve la cuestión de la manera más incómoda posible: cuando K ve un anuncio gigante del mismo modelo dirigiéndose a él con las mismas palabras que ella usaba. El plano no dice «era falso»; dice «no puedes saberlo». Y eso es exactamente lo que la película viene preguntando desde el principio sobre K y sobre los replicantes.
Es también donde la secuela se separa de la original. En 1982 la pregunta era si Deckard era humano. En 2017 la pregunta es si eso importa.
El giro de K, y por qué es tan bueno
Sin entrar en detalles concretos: la estructura de la película invita al espectador a esperar una revelación heroica sobre el protagonista, la construye durante dos horas y luego la retira. Lo que hace grande esa decisión es lo que ocurre después: K toma la decisión importante precisamente cuando ya no tiene un motivo especial para tomarla.
En términos narrativos es lo contrario del relato del elegido. Y en una época en la que casi todo el cine de gran presupuesto trata de personajes con destino, esa renuncia es una rareza que merece señalarse.
La banda sonora
Sustituir a Vangelis era imposible, así que la película opta por otra cosa: no imitar el original sino ampliarlo hasta el volumen físico. El resultado son sintetizadores enormes que se sienten más que se escuchan, y que en sala funcionan como parte del diseño de producción.
Es una decisión coherente con el resto: la película no intenta parecerse a la de 1982, intenta habitar el mismo mundo treinta años después. También en el sonido.
Para quién es y para quién no
- Sí si te gustó la original por su atmósfera y no por su trama.
- Sí si toleras el cine contemplativo y las tres horas no te asustan.
- No si buscas acción: hay muy poca y está distribuida con cuentagotas.
- No como primera película de ciencia ficción para alguien que no conoce la original.
- Verla en la pantalla más grande posible, porque buena parte de su valor es escala.
Nota final
Con el tiempo, Blade Runner 2049 está siguiendo el mismo camino que la película a la que continúa: fracasó en cines y su reputación no ha dejado de subir desde entonces. Es una simetría bonita y probablemente inevitable, porque las dos películas piden lo mismo del espectador —paciencia— y las dos lo devuelven con intereses.
Lo que la película dice sobre la memoria
Hay un hilo temático que atraviesa toda la película y que se aprecia mejor en la segunda visión: el papel de los recuerdos fabricados. En este mundo, los replicantes reciben memorias implantadas, y existe una profesión dedicada a diseñarlas.
La película plantea una idea incómoda al respecto. Un recuerdo implantado no es menos eficaz que uno propio: produce la misma emoción, orienta las mismas decisiones y define igual de bien a quien lo tiene. Si un recuerdo cumple todas las funciones de un recuerdo, ¿en qué sentido es falso?
Esa pregunta conecta directamente con la de 1982 sobre la humanidad de los replicantes, pero la desplaza a un terreno más resbaladizo, porque es una pregunta que también nos incluye. Nuestros recuerdos tampoco son fiables, y no por eso dejan de constituirnos.
Comparación honesta con la original
- Guion: gana 2049, con diferencia. La original es irregular.
- Personajes secundarios: gana 1982. Roy Batty no tiene rival en la secuela.
- Fotografía: empate técnico y diferencia de época. La original inventó; la secuela perfeccionó.
- Ritmo: gana 1982, simplemente por durar cuarenta minutos menos.
- Ambición temática: gana 2049.
- Influencia: gana 1982 sin discusión posible: creó una estética que sigue copiándose.
El resultado del recuento importa menos que lo que revela: son dos películas que hacen cosas distintas y que se benefician mutuamente. Ver la secuela mejora la original, porque obliga a releerla; y ver la original es imprescindible para que la secuela signifique algo.
Un detalle de producción que explica el resultado
Buena parte de lo que se ve en pantalla es real: maquetas, decorados construidos e iluminación física en lugar de fondos digitales. Esa decisión, que encareció el rodaje, es la razón por la que la película no ha envejecido en ocho años y probablemente no envejezca en veinte.
Es también la razón por la que se parece a la de 1982 sin imitarla: comparten método, no estética. Las dos son películas construidas, no compuestas.
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