El final de La naranja mecánica, explicado
La última frase del protagonista suele leerse como una broma. Es exactamente lo contrario: es la conclusión de un argumento que la película lleva dos horas construyendo.

Hay finales que se recuerdan por una imagen y otros por una frase. El de La naranja mecánica se recuerda por las dos, y casi siempre se cuenta mal: no es un chiste final ni un giro irónico, sino la conclusión lógica de todo lo anterior.
Dónde estamos al llegar al último tramo
Alex es un joven violento que dirige una pequeña banda y disfruta de lo que la película llama la ultraviolencia. Tras una agresión que termina en muerte, sus propios compañeros lo traicionan y acaba en prisión.
Allí se presenta voluntario a un tratamiento experimental, el método Ludovico, que promete dejarlo en libertad en dos semanas. El tratamiento consiste en administrarle un fármaco que provoca náuseas mientras le obligan a ver imágenes de violencia con los ojos abiertos por la fuerza.
El resultado es el previsto: Alex ya no puede ejercer violencia porque el intento le produce un malestar físico insoportable. La demostración pública ante las autoridades es la escena clave, y hay un detalle que suele pasarse por alto: el tratamiento también le ha arruinado la música que amaba, porque sonaba de fondo en las películas que le proyectaron.

El argumento que plantea el capellán
El personaje que formula la tesis de la película es el capellán de la prisión, y lo hace justo en la demostración pública. Su objeción es que Alex ya no puede elegir, y que un hombre que no puede elegir el mal tampoco puede elegir el bien.
Es la pregunta central y conviene enunciarla bien, porque se simplifica mucho: la película no defiende a Alex ni justifica nada de lo que hace. Lo que pregunta es si un Estado puede fabricar ciudadanos inofensivos suprimiendo su voluntad, y si el resultado de eso sigue siendo una persona.
El título apunta ahí: algo que parece orgánico por fuera y funciona por dentro como un mecanismo.
El regreso, escena por escena
La última parte de la película es una repetición invertida de la primera, y ese es su diseño.
La familia. Alex vuelve a casa y encuentra su habitación ocupada por un inquilino. Sus padres, incómodos, no lo readmiten. Ha perdido el lugar al que volver.
El vagabundo. El hombre al que agredió al principio lo reconoce y, con otros, le devuelve la paliza. Alex no puede defenderse.
Los antiguos compañeros. Dos de ellos son ahora policías. La escena es la más incómoda del bloque, porque muestra que la violencia no ha desaparecido: se ha institucionalizado.
El escritor. Alex termina en la casa del hombre cuya mujer agredió al principio. El escritor, que ahora es opositor al Gobierno, lo reconoce y decide utilizarlo como arma política, sometiéndolo a la música que ya no soporta hasta empujarlo a saltar por la ventana.
Las cuatro escenas dicen lo mismo con distintos protagonistas: un hombre sin capacidad de elegir queda a merced de todos, y todos encuentran un uso para él.
La curación y la última frase
Alex sobrevive a la caída. En el hospital, el Gobierno necesita reparar el escándalo y le aplica el proceso inverso, devolviéndole sus impulsos.
El ministro se sienta junto a su cama, le ofrece un trabajo y le da de comer ante los fotógrafos. La escena es una transacción política filmada como una reconciliación.
Y entonces llega la última imagen: Alex se imagina a sí mismo en una escena sexual ante un público que aplaude, y su voz en off dice que estaba curado.
Esa frase no es una broma. Es literal en un sentido muy preciso: Alex ha vuelto a ser exactamente lo que era. El Estado lo condicionó cuando le convino y lo descondicionó cuando le convino, y en ninguno de los dos momentos le importó lo que Alex fuera.

El capítulo que falta
Aquí está el dato que más cambia la lectura, y conviene explicarlo con cuidado.
La novela de Anthony Burgess en la que se basa la película tiene veintiún capítulos. En el último, Alex, ya mayor, se cansa de la violencia por su cuenta y empieza a desear otra vida. La primera edición estadounidense se publicó sin ese capítulo final, y esa es la versión que circuló y que sirvió de base a la película.
La diferencia es enorme:
- Con el capítulo final, la historia sostiene que el cambio verdadero solo puede venir de dentro y llega con la madurez.
- Sin él, la historia se cierra en un círculo: nada ha cambiado, y el sistema y el individuo se merecen mutuamente.
La película adopta la segunda versión, y por eso su final es tan seco. No hay redención porque la estructura elegida no la contempla.
Los detalles que sostienen el final
La música. Que el tratamiento arruine precisamente lo único que Alex ama sin violencia es el golpe más cruel de la película, y es el que permite al escritor usarlo como arma.
El lenguaje. La jerga inventada que usa el protagonista pone distancia entre el espectador y lo que ve. Sin ella, muchas escenas serían insoportables; con ella, el espectador se descubre siguiendo la historia con cierta comodidad, que es justo lo que la película quiere señalar.
La simetría. Cada personaje del primer tercio reaparece en el último. Es una estructura de espejo perfecta y es la que convierte el regreso en una condena.
El plano inicial y el final. Los dos son frontales, con Alex mirando a cámara. La película empieza y termina en el mismo sitio.
La puesta en escena. Los interiores son deliberadamente artificiales. Nada en esta sociedad parece habitable, y eso prepara la idea de que el problema no es solo Alex.

Lo que la película no dice
No sabemos qué trabajo le ofrece el Gobierno ni si llega a aceptarlo. No sabemos qué pasa con el escritor. No sabemos si el escándalo tiene consecuencias. Y no sabemos nada sobre el futuro de Alex.
Todo eso queda fuera porque la película ya ha dicho lo que quería decir. Añadir consecuencias sería suavizar el círculo, y el círculo es la conclusión.
Qué mirar en un segundo visionado
Los primeros diez minutos. Contienen, en orden, a todos los personajes que reaparecerán al final.
La actitud de los padres. Su incomodidad es la misma antes y después. No cambian en ningún momento.
El papel de la prensa. Está presente en las dos demostraciones públicas, la del tratamiento y la del hospital. Las dos son puestas en escena.
Los ojos. El motivo visual recorre la película entera, desde el maquillaje inicial hasta el aparato que le mantiene los párpados abiertos.
Los tiempos verbales de la voz en off. Alex narra su propia historia desde un después que nunca se concreta.
El escritor, el personaje que completa el argumento
Suele leerse como un instrumento de la venganza, pero cumple una función más importante: es el único personaje que cambia de bando.
Al principio es la víctima. En el último tercio es un opositor político que defiende públicamente los derechos del individuo frente al Estado y que, en cuanto reconoce a Alex, lo utiliza sin el menor escrúpulo hasta empujarlo al suicidio.
Esa contradicción es deliberada y es la que impide leer la película como un panfleto. El discurso del escritor es correcto; su conducta, no. La película sostiene que la coherencia moral se rompe en cuanto aparece el rencor, y lo demuestra con el personaje que mejores argumentos tiene.
Sin él, el planteamiento sería simple: Estado malo, individuo víctima. Con él, no queda nadie limpio.
Un apunte sobre la recepción de la película
Conviene mencionarlo porque forma parte de su historia. Tras su estreno, la película fue objeto de una polémica intensa por su tratamiento de la violencia, y su propio director pidió que se retirase de la distribución en el Reino Unido. No volvió a exhibirse allí de forma comercial hasta después de su muerte.
Ese episodio resulta irónico a la luz de lo que la película cuenta: una obra sobre los límites de la intervención en la conducta ajena terminó retirada de circulación por temor a su influencia. El debate sobre si una ficción puede inducir comportamientos sigue abierto, y esta película es una de sus referencias inevitables.
En resumen
El final de La naranja mecánica no es un giro ni una ironía: es el cierre de un argumento. Alex vuelve a ser quien era porque la película sostiene que una bondad impuesta no es bondad, y porque el Estado que lo condicionó nunca estuvo interesado en que mejorase.
Y la última frase dice exactamente lo que dice. Que resulte incómoda es el efecto buscado: después de dos horas, el espectador ha terminado deseando que a Alex le devuelvan lo que era, y eso también forma parte del planteamiento.
¿Qué opinas sobre El final de La naranja mecánica, explicado?
Inicia sesión para dejar tu comentario:
G Continuar con GoogleSé el primero en comentar sobre El final de La naranja mecánica, explicado.