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Las mejores películas de western: guía del género

Del western clásico al crepuscular, pasando por el spaghetti. Qué distingue cada etapa, qué películas la definen y por dónde empezar si nunca has visto una.

Publicado en la revista de honline · 26 de diciembre de 2009

Las mejores películas de western: guía del género

El western es el género que más veces se ha dado por muerto y el que más veces ha vuelto. Ha sido cine de aventuras, cine político, cine de autor y cine de venganza, y cada una de esas caras corresponde a una etapa distinta con reglas propias. Entender esas etapas es la mejor forma de acercarse al género sin perderse.

Por qué el western no es un solo género

Hablar de «películas de vaqueros» mete en el mismo saco obras que no se parecen en nada. Un western de los años cuarenta y uno de los setenta comparten sombreros y caballos, y su visión del mundo es opuesta.

La forma más útil de ordenarlo es por etapas, y son cuatro:

  1. El western clásico, que construye una mitología: la frontera, la civilización que avanza, el héroe que la hace posible.
  2. El spaghetti western, rodado en Europa, que se queda con la estética y tira la moral por la ventana.
  3. El western revisionista o crepuscular, que desmonta el mito y mira de frente la violencia y sus víctimas.
  4. El neo-western, que traslada la estructura del género a un presente sin caballos.

Quien empieza por el sitio equivocado suele salir con una idea falsa del género. Un espectador actual que arranque por un clásico de los cincuenta puede encontrarlo ingenuo; si arranca por un crepuscular, puede pensar que el western siempre fue así de amargo.

Fotograma promocional de un western clásico de los años cincuenta
El western clásico construyó una mitología nacional: la frontera, el desierto y un héroe que hace posible la civilización pero no puede formar parte de ella. Imagen: material promocional · datos de TMDB

El western clásico: la construcción del mito

Es la etapa fundacional y la que fijó el lenguaje visual del género: el plano general del paisaje, la silueta a contraluz, la puerta abierta que enmarca el desierto. Todo eso se inventó aquí.

Sus temas son bastante reconocibles:

  • La frontera como espacio moral, donde la ley todavía no llega y alguien tiene que sustituirla.
  • La comunidad frente al individuo: el pueblo necesita al pistolero y no puede convivir con él.
  • El deber, muchas veces por encima del deseo del protagonista.
  • El paisaje como personaje, con localizaciones que se volvieron icónicas por repetición.

Dentro de esta etapa hay ya una grieta interesante. Las obras mayores del periodo no son las más optimistas, sino las que introducen una nota de amargura: héroes obsesivos, racismo explícito, protagonistas que no encajan en el mundo que han hecho posible. Esa grieta es la que acabaría abriendo el género veinte años después.

El spaghetti western: la estética se emancipa

A mediados de los sesenta, el género se desplaza a Europa y cambia de piel. Se rueda en Almería y en Italia, se dobla en varios idiomas y se abarata la producción, y de esas limitaciones sale un estilo nuevo:

  1. Primeros planos extremos, en los que la cara ocupa la pantalla entera.
  2. Silencios largos y duelos que se estiran hasta lo insoportable.
  3. Música protagonista, que no acompaña la escena sino que la conduce.
  4. Héroes sin causa: pistoleros movidos por dinero, no por deber.
  5. Violencia estilizada, coreografiada como un número musical.

Lo importante de esta etapa no es la anécdota geográfica, es el cambio de fondo: desaparece la moral del clásico. Ya no hay civilización que defender ni comunidad a la que servir. Hay dinero, venganza y supervivencia, y el paisaje pasa de promesa a purgatorio.

Cartel de un spaghetti western de los años sesenta
El spaghetti western se quedó con la estética del clásico y prescindió de su moral: pistoleros sin causa en un paisaje sin promesa. Imagen: material promocional · datos de TMDB

El revisionista: el mito por dentro

Es, para mucha crítica, la etapa más rica del género, y llegó cuando el propio país que había creado el mito empezó a mirarlo con desconfianza. El western revisionista o crepuscular hace tres cosas que el clásico no hacía:

Mira a las víctimas. Los pueblos indígenas dejan de ser un obstáculo del relato y pasan a ser sujetos, y el avance de la civilización se cuenta también como lo que destruye.

Muestra el precio de la violencia. En el clásico, el disparo resuelve; en el crepuscular, el disparo deja un cuerpo, una viuda y un protagonista que no duerme.

Envejece a sus héroes. Los protagonistas ya no son pistoleros en su mejor momento, sino hombres cansados, fuera de época, a los que el mundo ha dejado atrás. De ahí el adjetivo crepuscular.

Es también la etapa en la que el género produce sus finales más incómodos, porque renuncia a la catarsis: el héroe gana y la victoria no sirve de nada.

Cartel de un western revisionista de los años noventa
El western crepuscular envejece a sus héroes y les cobra la factura: la violencia deja consecuencias y la victoria no consuela. Imagen: material promocional · datos de TMDB

El neo-western: el género sin caballos

La última mutación es la más difícil de reconocer porque prescinde de los signos externos. Un neo-western puede pasar en una carretera, en una frontera contemporánea o en un pueblo del interior, y sigue siendo un western porque conserva su estructura profunda:

  • Un territorio donde la ley es débil o llega tarde.
  • Un conflicto entre códigos, no entre buenos y malos.
  • Un paisaje que aplasta a los personajes.
  • Una violencia que resuelve y no repara.

Esa es la razón por la que el género no acaba de morirse: no depende de una época ni de un vestuario, sino de una situación. Mientras haya lugares donde la ley no llegue, habrá westerns.

Por dónde empezar

Tres itinerarios según el punto de partida del espectador.

Si nunca has visto un western: empieza por un clásico mayor de los años cincuenta, con el género en su mejor forma pero ya con grietas. Es la puerta que mejor funciona porque enseña las reglas y a la vez las cuestiona.

Si te interesa el estilo: arranca por el spaghetti. Es el más accesible para un espectador contemporáneo, porque su ritmo, su música y su ironía se parecen mucho más al cine actual.

Si buscas cine adulto: ve directamente al crepuscular. Son las películas del género que mejor aguantan una segunda visión y las que más se parecen a un drama contemporáneo.

Cómo montar una maratón que funcione

Una sesión doble bien elegida enseña más del género que diez películas al azar. Tres combinaciones que funcionan:

  1. Clásico y crepuscular seguidos. La misma historia contada con cuarenta años de diferencia. Es la mejor lección posible sobre qué es el revisionismo.
  2. Spaghetti y clásico. Sirve para ver cuánto de lo que creemos «western de siempre» es en realidad invención europea de los sesenta.
  3. Crepuscular y neo-western. Demuestra que el género sobrevive sin sus signos externos.

Y una advertencia de programación: no conviene juntar dos crepusculares en la misma noche. Son películas que terminan en el mismo tono de silencio, y una es suficiente.

Los arquetipos que se repiten en todo el género

Por debajo de las cuatro etapas hay un puñado de figuras que reaparecen una y otra vez, y reconocerlas ayuda mucho a leer cualquier western:

  • El pistolero sin lugar. Sabe hacer lo que el pueblo necesita y no puede quedarse cuando ya está hecho. Es el arquetipo central del género y el que más veces se ha reescrito.
  • El sheriff solo. Representa la ley cuando la ley todavía no tiene fuerza. Su drama no es el enemigo, es la comunidad que no le respalda.
  • El forajido con código. Vive fuera de la ley y tiene reglas propias, muchas veces más firmes que las oficiales.
  • El colono. Encarna el futuro, la valla y el arado, y por eso su llegada anuncia el final del mundo que la película retrata.
  • El indio, de obstáculo a sujeto. Su tratamiento es el mejor termómetro de la etapa: en el clásico es paisaje hostil, en el revisionista es protagonista de una historia propia.

Ese último punto conviene tenerlo presente al ver cine antiguo. Buena parte del western clásico contiene una mirada racista que hoy resulta incómoda y que forma parte de lo que el revisionismo vino a corregir. Verlo con ese contexto no consiste en excusarlo, sino en entender de qué estaba discutiendo el género con su propio pasado.

El paisaje: el único elemento que no cambia

Si algo une las cuatro etapas es el uso del espacio. En un western, el paisaje no es un fondo: es una fuerza. Los planos generales enormes con figuras minúsculas comunican una idea muy concreta —la insignificancia del individuo frente al territorio— y esa idea sobrevive al cambio de moral entre etapas.

Hay tres decisiones visuales que se repiten en el género y que merece la pena mirar con atención:

  1. El horizonte bajo, con dos tercios de cielo, que aplasta a los personajes contra el suelo.
  2. El encuadre a través de un umbral, una puerta o una ventana, que separa el interior civilizado del exterior salvaje.
  3. La silueta a contraluz, que convierte a un personaje en icono sin necesidad de mostrar su cara.

Esa gramática es tan sólida que funciona incluso descontextualizada: cualquier película que use esos tres recursos empieza a parecer un western aunque no haya un caballo en pantalla.

El western fuera de Estados Unidos

El género viajó y se adaptó a otros territorios con una facilidad sorprendente, porque su estructura —territorio sin ley, códigos en conflicto, violencia fundacional— existe en muchas historias nacionales. Tres derivas conocidas:

El western europeo, con Almería e Italia como escenarios, que además de la etapa spaghetti dejó una tradición de coproducción de la que salieron decenas de títulos.

El western oriental, con una relación de ida y vuelta muy documentada: hay clásicos del cine japonés de samuráis que inspiraron westerns, y westerns que inspiraron películas de samuráis. El género y el chanbara comparten estructura y se han estado copiando durante décadas.

El western austral y latinoamericano, con la pampa, el altiplano o el desierto como frontera propia, y con conflictos de tierra y de ley que encajan de forma natural en el molde.

Esa capacidad de trasplante es la mejor prueba de que el western no es un género geográfico sino estructural.

En resumen

El western no es un género de vaqueros: es un género sobre la ley y su ausencia, y por eso ha podido reinventarse cuatro veces sin dejar de ser reconocible. El clásico construyó el mito, el spaghetti se quedó con su estética, el crepuscular lo desmontó y el neo-western lo trasladó al presente.

Visto así, la pregunta «cuál es la mejor película de western» tiene poco sentido sin decir de qué western hablamos. La pregunta útil es otra: cuál de las cuatro etapas encaja con lo que se quiere ver hoy.

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